25 enero 2011

Respuesta a la ministra

N.B. Escribí esto para enviarlo a la prensa, pero visto cómo está el patio habrá que recortarlo para que pueda entrar en las cartas al director. Les dejo con el "director's cut". Notarán un ejercicio de corrección, y es que a veces hay que ser diplomático.

Me llegaba un aviso de un amigo el otro día en el blog de que la ministra de cultura se había descolgado el día antes con un artículo publicado en El País (18 del presente enero). Como no me podía creer lo que me contaban, me decidí a leerlo entero, a pesar de su desmesurada extensión, esperando que fuera todo una leyenda urbana. Para mi asombro, nada más lejos de la verdad: no sólo esta buena señora se saltaba alegremente los 150 años que median entre la imprenta de tipos móviles de Gutemberg, sino que deforma espantosamente (quiero suponer por descuido o ignorancia antes que por mala fe) el concepto en sí de “piratería”.

Afirma sin rubor que Cervantes escribió la segunda parte del Quijote por la “piratería”. ¿Es pirata escribir un libro sobre un personaje que inventó otro autor? ¿Son Azorín y Andrés Trapiello, por citar sólo dos, piratas? Y me atrevo a decir más: si lo fueran, y por eso escribió Cervantes la segunda parte, ¿no sería eso un argumento estelar para apadrinar la tal piratería?

Pero, saliendo de las falacias lógicas, vayamos a los hechos. El artículo comienza citando la licencia del Don Quijote, típica apostilla que solía acompañar a cualquier libro en el Siglo de Oro. Deberé llamar la atención sobre “...la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere: o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresión que hiciere...”. Llamaré la atención sobre “imprimiere o vendiere”. Porque, cierto es cuando dice que pensamos ser el ombligo del mundo, en el Siglo de Oro se copiaban libros. Se copiaban muchos libros. ¿Y cómo? Pues a mano, por supuesto. ¿Cómo si no podían propagarse todo tipo de libelos impublicables, como ese engendro sin copyright que hoy conocemos por el Lazarillo de Tormes?

Y es que, tal como hoy en día, las licencias del Siglo de Oro afectaban a los procesos de imprenta, y no a las copias personales o al contenido del argumento del propio libro. Si alguien quería copiar un libro en su casa, a todo el mundo le parecía que no había mayor problema. La licencia, para lo que sirve, en teoría, es precisamente para proteger al autor de los impresores y no de los lectores. En ningún lugar del tal texto se hace mención a lo que pueda pasar si alguien copia el libro en su casa o se lo presta a un amigo. Recordaré, de hecho, que hasta bien entrado el siglo XX era práctica normal para pasar el rato la lectura en voz alta en reuniones de todo tipo. Hoy, sin embargo, la UE obliga a pagar un canon por préstamo bibliotecario porque más de una persona por ejemplar es “perder dinero”.

Hasta aquí, por tanto, dos ideas principales, parafraseando el propio título del artículo: el enemigo potencial de la creación no es el público, en todo caso son los editores - distribuidores. O al menos, así lo han entendido todas las figuras de derecho hasta el siglo XX, dedicadas a regular esa relación profesional, y no lo que el destinatario final de la obra pueda hacer.

El resto del artículo entra a valorar opiniones sobre la sociedad moderna y el funcionamiento de internet, que por tanto no entraré a comentar (no pretendo oponer mi opinión a otra), pero hay dos frases que me llaman poderosamente la atención. “La pérdida de lo público, la crisis de las instituciones, la indiferencia hacia la política, la precariedad de nuestros vínculos laborales o personales, la incertidumbre y la desconfianza, sumadas a una economía de mercado que huye de las reglas, ...”. Hombre, debo decir que me inspira muy poca confianza que una ministra del gobierno de la nación acuda a la prensa a quejarse de la “pérdida de lo público” y la “crisis de las instituciones”. En primer lugar, porque si la responsable de un ministerio se considera víctima de esto, es que estamos muy mal, y en segundo lugar, porque debo recordar que, según los documentos de Wikileaks (que no han sido desmentidos por ningún miembro del gobierno) está bastante claro qué instancia ha contribuido en esta cuestión específica al deterioro de las instituciones pervirtiendo nuestras leyes para obedecer a intereses extranjeros, e incluso a la situación surrealista de tener una institución privada cobrando impuestos. Citando a Santiago Segura, para que no se diga del cine español, “no parece que la estén obligando mucho”.

Otra frase que me inquieta es el “proteger las ideas para que crezcan las ideas”. Uniendo el tema principal a este de Wikileaks, debo recordar que si aspiramos a algún progreso, no debemos “proteger” ideas, intereses, o decisiones. No nos favorece una cultura refugiada en monasterios y palacios, como no nos favorece una diplomacia secreta. Todo el mundo tiene derecho a vivir de su trabajo, pero no a pervertir las leyes para obedecer a intereses particulares, ni a poner “la creación” y “las ideas” como escudos humanos de un tejido empresarial que desea recuperar un monopolio imposible de la copia de soportes.

5 comentarios:

Altfuns dijo...

Buena, hermano, buena. Aplaudo tu moderación y tus argumentos bien escogidos.

Tus alusiones a la Edad Media me inspiran una duda: ¿no fue aquélla la época cuando menos importancia se dio al autor (pues todo nos viene dado por Dios nuestro Señor)?

Y de la Edad Media al Reino del Medio. China, a pesar de su actual poderío económico, tiene un número ínfimo de patentes o de artistas aclamados internacionalmente. Sus avances se hacen a expensas de innovaciones en otras partes. ¿Quién va a querer esforzarse en sacar alguna buena, bonita y barata novedad si el grandullón del barrio se lo va a quitar al instante?

La pregunta sigue vigente: ¿Cómo preservamos la creatividad sin asegurar a los creadores una bien merecida recompensa? ¿Qué novedoso mecanismo se crearía?

Anónimo dijo...

Pues dándole la recompensa al creador, no a una sarta de intermediarios mafiosos.

U olvidándonos de la cancerosa idea americana de "voy a inventar alguna genialidad/canción para que me compren la patente/derechos por una pasta y a vivir de las rentas!". Una de las mutaciones del "suenio americano"...

Hubo un tiempo en que se creaba por el mero hecho de aportar algo útil o bello al mundo, sin aspirar a enriquecerse con ello sino, todo lo más, a ganarse un reconocimiento o un lugar en la historia... (y si se podía vender, lo justo para ir "tirandillo").

Fergu.

Perri el Sucio dijo...

Hombre, por alá (que ahora es lo que se lleva), no metamos el siglo de oro en la edad media, si justo estamos poniendo a caldo a la ministra por algo parecido.

En cuanto a "soluciones", quiero recordar que si el mercado musical de las discográficas desaparece, sólo podemos salir ganando todos por más que nos dramaticen.

El cine es otro asunto, porque es un arte de por sí costoso y profesional, pero ya que estamos pagando a la sony, la universal y compañía cuando compramos herramientas para piratas como teléfonos y cámaras, sugiero, al menos como experimento, que se busquen las habichuelas como hacemos todos.

Altfuns dijo...

Voto a tal que no meto el Siglo de Oro en la Edad Media. Sólo he dicho que un buen ejemplo de época en la que no había mayor incentivo para hacerse creador era la Edad Media. Por ende, supongo que habrá que andarse con cuidado para no pasar de la codicia excesiva que menciona Fergu a la asfixia de la cultura. Porque si más le vale al posible artista hacerse artillero, ¿qué arte podemos esperar?

Dar la recompensa directamente al creador es la mejor opción. El asunto es cómo hacerlo de una manera eficiente.

Alfonso dice respecto del cine que es costoso y profesional. Desde la ignorancia yo pregunto: ¿son la música, la pintura, etc., muy distintas? Para obtener obras de calidad, ¿no hay que dedicarse una vida a ellas? ¿Quién subvenciona la vida de cientos de personas cuyo objetivo es sólo intentar crear algo bello y admirable? Que el creador de turno tenga que preocuparse por recaudar cada contribución individual y pelear por ella, no parece lo más eficiente.

Para cambiar el sistema actual de promoción de las artes creativas deberíamos primero contestar a un par de preguntas muy concretas. ¿Quiénes están involucrados y cuál es la función de cada uno? ¿Cómo lo reestructuramos todo para saltarnos intermediarios innecesarios (mafiosos o no)?

Por último simplemente destacar que yo estoy por principio a favor de un cambio pero quiero saber, y que la gente sepa, hacia dónde nos encaminamos y por qué.

Abrazos compañeros y gracias por vuestros comentarios,

Alfonso

Perri el Sucio dijo...

se me ha ido la mano respondiendo...
http://ozodioaloztrez.blogspot.com/2011/01/el-problema-del-cine.html