19 abril 2010

Cinefilia: Banana Joe, héroe del pueblo

Hace tiempo que no se habla por estos pagos de sinema. Si comentara cada película curiosa que pasa por aquí, esto parecería una versión casera de la IMDB. Pero esta vez tengo algo que DEBE ser comentado.



Se trata de la película
Banana Joe, uno de estos clásicos nacidos antes que yo, que jugaban a parecer de serie B americana aunque fueran más italianos que robarte las ruedas y vendértelas al día siguiente. Por hablar de la cosa técnica, la peli en cuestión fue dirigida por Steno en 1982, y protagonizada (y casi monopolizada) por nuestro amigo Bud Spencer.

Por si la juventud de hoy en día vive tan estresada (hartos estamos de solicitar la pensión de ni-ni esa tan famosa ahora, pero nada) que no tiene tiempo de ilustrarse en el cinetube, explicaré muy por encima de qué va la cosa:

Banana Joe (Bud Spencer) es un gigantón que vive en una aldea en la selva (Amantido) y viaja al puerto río abajo a vender plátanos, que cambia por ropa, medicinas y demás porquerías de la civilización que reparte en el pueblo. Banana Joe es el arquetipo perfecto del buen salvaje: no conoce nada de la sociedad (ni sabe leer), no conoce la propiedad privada, y en general, si no fuera porque va vestido y habla, podríamos decir que es un animal total. Además, él es como el patriarca en su pueblo, donde todos (negritos y mulatos menos él) le quieren y le adoran, y d hecho los niños le crecen alrededor como ya le hubiera gustado a Jacko.

Sucede entonces que aparecen en la aldea unos tipos de una gran compañía platanera, con una licencia del gobierno, hablando de cómo van a repartirse el pueblo, y montar factorías, plantaciones, y demás horrores del mundo moderno: bares, casinos etc. Vienen quejándose de la incomodidad del campo y disponiendo ya de todo lo que hay en la aldea como si fuera suyo. Para su sorpresa, Banana Joe aparece entonces, se presenta, y los echa con cajas destempladas.

Entonces es cuando las fuerzas corruptas de la sociedad atacan a nuestro buen amigo: a su siguiente viaje a la ciudad, los matones de Torcillo (el gran magnate de los plátanos), consiguen que a Banana Joe le confisquen la lancha de los plátanos, por no tener licencia para vender plátanos. Dicho de otra manera, la corrupción de la sociedad se destina a joderle la vida al buen salvaje que no hace daño a nadie, para beneficiar a las fuerzas corruptoras y oligarcas que esperan vivir de la plusvalía, usando la burocracia y la ley burguesa como armas opresoras.

Y entonces nuestro gorilesco amigo se convierte de la noche a la mañana de campesino autosuficiente en proletario: debe ir a la gran ciudad a conseguir un carnet de identidad y la necesaria licencia, porque su deseo, como buen salvaje, es integrarse de manera honrada en la sociedad. A partir de aquí Banana Joe se convierte en testigo y azote de la sociedad corrupta y alienada de la gran ciudad:

-los camioneros echando carreras para sacarse un plus especulando con el precio de los plátanos: aquí tenemos cómo Banana Joe no sólo (como buen héroe) gana la carrera, sino que tira el precio de los plátanos por tierra, renunciando al concepto de plusvalía, y arruinando a los intermediarios. De esta manera facilita el acceso del pueblo a los medios de subsistencia, a la vez que combate a los especuladores. Toda una lección de economía anti-inflacionista propia del socialismo científico clásico;

-la cantante que debe asumir que su trabajo implica poco menos que prostituirse con los capitalistas: el primer trabajo que consigue nuestro primitivo amigo es como gorila en un garito. A él le encargan que eche a cualquiera que moleste a la dama. Lo que aparentemente puede parecer un chiste sobre lo cerril del personaje, que llega a echar del club no sólo al propio Torcillo y sus amigos, sino al mismísimo encargado del local, esconde en realidad una denuncia del concepto de ley de la "democracia" burguesa: bajo la apariencia de ley y orden se esconde la simple represión, y cuando alguien aplica la ley de manera imparcial y estricta son los explotadores y poderosos los primeros en recibir mamporros. Toda una provocación política: el salvaje, el hombre natural, destapa las falacias y la hipocresía del capitalismo burgués imponiendo el imperio de la ley y la Razón.

Después tenemos algunos episodios de entrañable folclore, como los chistes de la mili, para llegar finalmente al momento máximo de subversión de la película: la segunda visita de Banana Joe al registro civil. Merece la pena comentarse en detalle.

El protagonista entra vestido de militar y con el fusil al registro, donde siguen las masas proletarias en el purgatorio burocrático. Banana Joe empieza a ser rebotado de un mostrador a otro, exponiendo el ciclo vicioso de la burocracia: no le dan un dni por no tener partida de nacimiento, ni le buscan la partida por no poder aportar un dni. Entonces comienza la revolución de Banana Joe: comienza enfrentándose a los burócratas, haciendo que afronten las contradicciones del sistema, y consigue que le digan exactamente lo que necesita. El problema es que ese documento necesita una firma y sello del ministro del Interior en persona. Y entonces es cuando se descubre que los burócratas no son más que los esbirros del verdadero poder: el ministro no recibe al populacho, de manera que mantiene a los obreros permanentemente indefensos a merced de los amos de la maquinaria estatal. Banana Joe invoca la unidad de los trabajadores para conseguir ser escuchados por el poder, y entonces viene el momento sublime. Vemos al ministro reunido con nuestro amigo Torcillo (para los especuladores el sistema siempre tiene las puertas abiertas) negociando influencias, favores y sobornos, y entonces irrumpe en la enorme sala Banana Joe al frente de las masas proletarias, uniformado, barbado y armado. Como el ministro se bloquea y se niega a colaborar con el proletariado, nuestro Fidel Castro particular lo cuelga de un perchero, se sienta en su mesa y empieza a sellar papeles a todo el mundo. Una revolución incruenta de lo más gloriosa.

Banana Joe resucita el espíritu neorrealista. Y con más vitaminas

Pero es en la escena final donde tenemos lo más polémico de la película: hasta aquí hemos visto cómo Banana Joe se enfrenta con laas fuerzas represivas de la sociedad burguesa. Sin embargo, el acto final de la obra pasa del humanismo de Rousseau y el socialismo científico directamente al luddismo duro: cuando nuestro camarada Banana Joe vuelve con todo (aparentemente) resuelto a su aldea, descubre que ya Torcillo se está instalando, ha puesto su factoría y un casino-bar-etc donde aliena a los habitantes, haciendo que se gasten en sus tragaperras los salarios de miseria que él mismo paga. Entonces, se termina la lucha de clases, el control de los medios de producción y la toma del poder por el proletariado: nuestro héroe del pueblo se limita a agarrar un mazo y comenzar una fiesta de destrucción de la tecnología moderna. Contrachapado, tragaperras y otros horrores del mundo moderno sufren la ira del purificador Banana Joe, que no sólo arrasa la instalación del capitalista torcillo, sino que además, al final, entrega a Torcillo, acusado de varios delitos, a la policía. Aquí además tenemos el último guiño revolucionario, puesto que un extraño personaje secundario (una especie de científico-trilero que aparece y desaparece) es quien consigue el indulto para sí y para banana joe, que les permite quedarse tranquilos. Evidentemente este final Deus ex machina en toda regla (con el Presidente en el papel de Dios) sirve simplemente para que la película sea una comedia redonda y apta para la familia, pero nos da a entender que en un contexto realista y sin divina providencia, el único destino posible para nuestro héroe revolucionario hubiera sido el martirio, concluyendo, por tanto, que incluso con toda su fuerza, Banana Joe no basta por sí mismo para hacer la revolución si no cuenta con el apoyo activo de camaradas de armas.

Tras este final cómico, tenemos un bonito epílogo donde nuestro buen Banana Joe, una vez que ha destruido la civilización capitalista, funda en su pueblo los cimientos de una sólida república socialista: consigue que la dama de la película se quede en la aldea, cambiando su sórdido trabajo de vedette de los opresores por el de maestra, y él mismo se mete en la escuela con los niños para aprender a leer: así no sólo nuestro héroe aspira a su superación personal y la de las generaciones futuras, sino que reivindica un lugar digno para la mujer en la sociedad, en la que su atractivo físico no es su único potencial, sino que sirve al pueblo con su sabiduría y disciplina.

En próximos artículos, hablaremos, para contrapesar, de películas que el propio hitler hubiera censurado por parecerle demasiado propagandista, como por ejemplo, Con Air, 123 responda otra vez.

Salud y un par de plátan
os, camaradas!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y yo, cuando era pequenio, solo me ddaba cuenta de la cantidad de mamporros por minuto que se repqrtian en la peli... (y me partia la caja!)... Cuanto mensaje... Cuanta substancia se me pasaba por alto!!!

XD

Fergu.

Despotrikator dijo...

Ya te digo Fergu!!! jajaja tendré que volver a ver todas estas pelis. Por cierto Perri, ansío crónicas sobre "También los ángeles comen judías" (qué tipo de conexión con la religión esconderá) o "Puños fiera" cargada del ecologismo de la sociedad posmoderna jajaj
UN saludo tobarish

Despotrikator dijo...

Quería escribir "Puños fuera" jeje