19 octubre 2008

Algunas cosas nunca cambian

Lo he intentado una vez más. Las circunstancias no podían ser mejores: casa nueva, nuevos amigos, nuevos estudios, nuevo curro, incluso nuevo país y, por qué no decirlo, nuevo blog. Todo estaba preparado para dar un paso en la vida, abandonar el odio como norma de vida, y dar paso a una existencia más pacífica y constructiva. Psicopedagogos, sociólogos, políticos y demás gente de mal vivir de todo el mundo esperaban este paso con expectación.

Sin embargo, fracasó miserablemente.

Lo que todos estos memos no terminan de asumir, y tratan de curar con prozac, ritaline y demás basuras, es que el problema no es que tú seas una persona con un carácter negativo. Es que, efectivamente, el mundo apesta. Es como si tú vuelves a casa consagrado a no pelearte más con tu hermanito, y este te recibe saludando con un bate de béisbol tus piernas. Al cabo de poco tiempo, a no ser que tengas una gran vocación masoquista, dejarás tus buenos propósitos a un lado. Lo mismo pasa con Nos, a este lado del charco.

¿Por qué se acabaron los buenos propósitos?

Al principio, cuando estás preparando tu viaje, piensas que "total, voy al puto Imperio, seguro que me impresionarán con su riqueza y su elevado estilo de vida". Pues no. Al principio hace gracia, y como un antropólogo te pones a estudiar los especímenes locales y sus costumbres. Hasta que te das cuenta de que son absurdos.

Por ejemplo, unos tipos como los masai, en su estilo de vida tradicional, nos pueden parecer pintorescos y cutres. Sin embargo, ellos han desarrollado lo que les pareció la manera más eficiente de usar los recursos de que disponen para desarrollar su vida de acuerdo a sus valores. Y no les fue mal. Al menos, hasta que llegó el hombre blanco "a salvarles".

Sin embargo, los aborígenes del lugar tienen comportamientos erráticos y difícilmente explicables. Por ejemplo, dependen hasta extremos ridículos del coche. Sus ciudades son desproporcionadamente grandes y todo está lejos. Y la idea del transporte público no les resulta atractiva. Sin embargo, y suponiendo que esto fuera un estilo de vida sostenible, el gringo no se comporta en consecuencia: en lugar de tender a elegir el coche más eficiente para su misión, elige el más aparatoso y potente que puede permitirse, y para colmo, no sabe conducirlo. La idea de conducción media que tiene un americano se parece a la que puede tener un chaval de 15 años que sólo sabe conducir los coches de choque. En efecto, en eso consiste el cambio automático. Por lo general, los locales compensan su total ineptitud al volante con bastante buena voluntad, pero cuando esta flaquea por lo que sea (por ejemplo cuatro borrachos gritando por las ventanillas, herencia de la cultura de los indios que poblaron estas tierras), los accidentes de tráfico son probables y brutales. No olvidemos que nuestro amigo americano eligió el cañonerouu antes que el focus. Pero ¡ey! y el placer de derrapar cuando se pone el semáforo en verde qué, ¿eh?

En fin, lo dicho, seguirá habiendo informes sobre los pobladores de los Apalaches y todos los que les rodean, pero todo seguirá teniendo la vieja pátina de odio a la humanidad que nunca debió perder. Porque algunas cosas nunca cambian.